Cuidado: Frágil
Sobre mis abuelas, el cuerpo y el paso del tiempo.
“Cada día mueren innumerables personas y, sin embargo, las que quedan viven como si fueran inmortales”.
— Mahabharata, texto épico de la India
Mi corazón late rápido. Escucho mi respiración agitada. Mis piernas y mis brazos tiemblan. Respiro hondo e intento tranquilizarme.
Escucho gritos a lo lejos. No les doy importancia. Vuelvo a respirar y extiendo mis brazos buscando algún hueco para hacer fuerza y seguir subiendo. Lo encuentro.
Estoy haciendo escalada deportiva en modalidad lead, lo que significa que, si me caigo antes de engancharme a la siguiente chapa, tengo tres metros de caída libre.
Parece poco, pero el cerebro “reptil”, encargado de activar los circuitos de supervivencia y otras funciones básicas como la respiración, la alimentación y la reproducción, grita “cuidado, peligro inminente”.
El neocórtex, la zona más moderna del cerebro en términos evolutivos, encargada de pensar, controlar los impulsos, planificar y decidir, le responde: “Tranquilo, este es el deporte de riesgo más seguro del mundo”.
Acerco mis caderas a la roca. Me pongo magnesio en las manos para que no me suden tanto y mejorar mi agarre. Estoy listo. Me impulso y hago fuerza con mis manos y piernas. Logro seguir. ¿Y ahora?
Vuelvo a buscar una posición cómoda, pero los agarres a partir de acá son casi inexistentes. Escucho un consejo desde abajo, pero no me dan las fuerzas. Mi cerebro se nubla por la presión.
Es antiintuitivo para la supervivencia humana subir una roca por el mero placer de hacerlo.
—No puedo más —aviso a mi compañero.
—Dale, seguí —me insiste—. Acomodá mejor tu cuerpo y seguí.
Sé que tiene razón, pero no doy más. O eso creo. Me tiro al vacío con las piernas abiertas para amortiguar el impacto. Siento la caída libre por unos segundos hasta que la cuerda, la chapa y los equipos de seguridad cumplen correctamente su función y me salvan de múltiples fracturas o quizás de la muerte.
Me río. Aplaudo. Grito.
—¿Te golpeaste? —me preguntan.
—No —respondo—. Dale, sigamos —les digo.
Me pongo un poco más de magnesio en las manos. Respiro y me acerco pendulando hacia la roca. Fue una caída importante, pero estoy bien y más vivo que nunca.
Vuelvo a repetir los movimientos que hice recién. Ahora, sin el miedo, encuentro una mejor posición para mis manos y para mis pies. Logro engancharme a la siguiente chapa y seguir.
Llego al final de la ruta. Engancho mi línea de vida en la última chapa y estoy seguro. Hago algunas maniobras y dejo lista la vía para la siguiente persona que quiera subir.
—¿Te bajo ya? —me preguntan.
—Dame un momento —respondo mientras disfruto del paisaje.
Hace millones de años, esta roca formó parte de un lecho marino. Lo sabemos por la composición de la tierra y las rocas.
Es maravilloso pensar en que estamos escalando un antiguo mar. Mi mente viaja por océanos del tiempo, intentando, en vano, imaginarme lo que será este lugar en los próximos mil años.
Ahí, en ese instante de eternidad y orgullo personal, pienso en mis abuelas.
Una tiene Alzheimer. Hace años que no habla. Vive sin vivir, mirando el techo, consumiéndose lentamente y siendo cuidada con todo el amor posible por mi mamá y mi tía.
La otra sí habla. Hace un par de años, después de una operación de cadera, quedó en cama.
Durante un tiempo intenté evitar visitarla. No quería.
La imagen que tengo de ella es totalmente diferente a la de esa anciana que se está consumiendo lentamente, como una uva pasa al sol.
En una de mis pocas visitas, me dijo en idioma guaraní:
—Arema che rasy —En español: “Hace mucho tiempo estoy enferma”.
—Le pido a Dios que me lleve, si no me va a curar.
Claramente no se va a recuperar, ni va a volver a caminar. El deterioro de sus huesos es por causa de la artrosis y, a los 89 años, una recuperación es impensable.
Lo que se intenta darle es una vida digna hasta que muera.
¿Qué curiosa la vida, no? Ella se manejó de forma independiente toda su vida. Iba y venía donde quisiera. Tenía su propia casa, su propio dinero, una vida social muy activa.
Cuando quedó viuda, además de propiedades, heredó un montón de deudas. A pesar de eso, se puso la familia al hombro e intentó vivir una vida feliz.
La iglesia, sus plantas, sus nietos y Marco Antonio Solís eran su mundo.
Isabel es una mujer fuerte y brava, incluso postrada en una cama.
Ahora, pierde su lucidez de a ratos. Nos pregunta por bisnietos inexistentes. Recuerda Areguá, su pueblo natal, y llora por gente muerta hace 60 años.
—¿No te enteraste de que murió la hija de Efigenia? Tenía cáncer —me dice.
No sé quién es. Pero le sigo la conversación.
—¿La que tenía el pelo rojo? —le pregunto.
—Sí, ella —me responde.
Cambié de tema para que no llorara más. Le pregunté si le dolía algo. Movió la cabeza negando.
Le pregunté si tenía miedo de morir. Volvió a negar con la cabeza.
Tiene una remera verde y los ojos claros, por las cataratas. Me da indicaciones, más bien órdenes. Le digo que sí a todo.
Me dice que le pica el cuerpo. Me pide que busque su crema. Le hago caso y voy recorriendo su piel arrugada con la crema: su abdomen, sus brazos, su rostro.
A pesar de los cuidados que le da mi tía, la heroína de esta historia, ella es piel y huesos. Es el tiempo consumiendo su cuerpo, sus recuerdos, su vida.
Es el tiempo consumiendo su cuerpo, sus recuerdos, su vida.
Tiene una habitación para ella sola. Una imagen de Jesús Misericordioso al lado de su cama. Una cámara para monitorearla. Aire acondicionado. Una cama grande y cómoda. Una tele donde pasan programas viejos, como “Chuck Norris”. Un reloj de pared que ella ya no sabe cómo entender.
Pero ¿de qué sirve todo eso ante la imposibilidad de levantarte e ir al baño por tus propios medios o de hacerte vos misma un mate y salir al sol?
Verla así me destruye. Sé que no sufre. Pero es un recordatorio para mí.
La vejez y el paso del tiempo en mi cuerpo son inevitables.
Carlo Rovelli, un físico teórico italiano que estudia el tiempo, en la última parte de su libro “El orden del tiempo”, dice:
"No temo a la muerte, temo a la vejez. Me da miedo la debilidad, la falta de amor. La muerte no me asusta. Me parece un merecido reposo."
A mí también me asusta eso.
Por eso pienso en mis abuelos cuando escalo. Me encantaría seguir haciendo este deporte hasta viejo, pero las probabilidades de que también padezca estas enfermedades son altas.
La vida es muy frágil. En cualquier momento puede pasar algo que lo cambie todo. Un accidente. Una enfermedad. Una lesión. Un problema de salud mental. Un asalto que salga mal.
Claro, no pienso en todo eso, no siempre.
Por eso, intento cuidar mi salud. Pero finalmente, no hay nada que hacer frente al paso del tiempo.
Por ahora, no.
Sé que todo es impermanente. Que todo va cambiando con el tiempo. Que de eso no podemos huir. Sé que el tiempo es el gran destructor: pasa por nuestros edificios, por la naturaleza y también por nuestros cuerpos, cambiándolo y corroyéndolo todo.
¿Qué nos queda entonces?
Estar presentes. Abrazar fuerte. Cuidar nuestra propia fragilidad. Crear recuerdos, aunque una enfermedad nos la arranque después.
Y escribir. Escribir mucho.
Mi mente me lleva a un recuerdo.
Es noviembre de 2021. A mi papá le entró una idea y, cuando eso pasa, es prácticamente imposible sacársela de la cabeza.
En este caso, la idea era hermosa: festejar el cumpleaños de su mamá, mi abuela Isabel, en Encarnación, una ciudad hermosa a 376 km de Asunción.
¿Por qué Encarnación? Ni idea. Quizás porque es de las pocas ciudades con un buen manejo del espacio público.
Fuimos ocho, todos familia. Alquilamos una casa gigante con piscina y muy cerca de la costanera. Algo impensable para una familia de clase trabajadora, como lo somos nosotros.
Mi abuela fue muy feliz ahí o eso me gustaría pensar.
La veo sentada en una silla de playa, que ella misma compró a cuotas, mirando el atardecer.
La veo fuerte y, aunque usaba bastón, caminó casi diez cuadras. Porque sí. Porque podía y quería hacerlo.
Así la quiero recordar. Con un humor filoso. Un carácter bravo y con su mate frente al Paraná. Rodeada de su familia, esperando el atardecer de la vida.
Nota: Esto terminé de escribir en Marzo del 2025. Nunca lo publiqué, porque horas más tarde, el duelo llegaría de forma intempestiva. No se fue Isabel. Se fue mi abuela María, y aunque estábamos esperando ese desenlace, nadie puede presupuestar el dolor de una pérdida, aunque esa es otra historia.



